En estos días en que se habla de la
ocurrencia de inminentes catástrofes naturales en el Perú a causa del fenómeno
de El Niño, vale recordar lo que sucedió en CHAVÍN y SAN MARCOS el 17 de enero de 1945. Ese día, un descomunal
aluvión se precipitó sobre estas poblaciones, causando la muerte de al menos
500 personas, entre ellas, el prefecto del departamento de Áncash, Pedro Artola,
“y su señorita hija”, quienes se encontraban en el sitio arqueológico junto a
una comitiva de educadores provenientes de Huaraz para coordinar y evaluar los
trabajos de restauración y preservación de las ruinas, junto con representantes
locales.
Al día siguiente del suceso, el
diario El Comercio dio cuenta de este hecho, señalando que el “terrorífico
aluvión” se había producido a las 9:30 de la mañana como consecuencia “del
desborde de la laguna Huasan, situada en Punasjato, frente a la hacienda
Chichucancha”.
De tal magnitud fue el aluvión que alcanzó los 50 metros de alto, al “nivel de la parte oeste” del pueblo de San Marcos. Durante quince minutos, el río Mosna quedó seco, como si se tratara del relato bíblico del Éxodo, cuando los israelitas cruzan el mar por tierra seca por milagro divino.
Las autoridades
de CHAVÍN informaron a las agencias de
noticias internacionales que el aluvión “arrastra cadáveres de seres humanos,
grandes trozos de árboles y ha rellenado el cauce del río Mosna, que es profundo
y con un cauce de 300 metros. Esta descarga ha durado cerca de una hora”.
La población más afectada fue de CHAVÍN: se salvó solo la tercera parte del pueblo. Incluso, “las famosas ruinas del castillo están cubiertas de lava y el puente incaico y la carretera han quedado totalmente destruidos”, dijo El Comercio.
Los pobladores de San Marcos, aterrados por el ruido ensordecedor se refugiaron en los cerros Shegua, observaron el espectáculo nunca visto de secarse por completo el caudaloso Mosna, durante 15 minutos, debido al quinto represamiento que se produjo a inmediaciones del pueblo de San Marcos, en la zona de Chacuayonga, represamiento ―por los palos de los bosques arrasados― que elevo el nivel del Mosna a más de 50 metros de alto, arrasando en las partes bajas todas las zona de cultivo y poniendo en peligro la alegre y pintoresca población de San Marcos (…). Algunos pobladores de las márgenes y viajeros, que no advirtiendo el peligro, fueron arrollados por la avalancha fatal, continuando los estragos en el valle del Puchka, hasta su desembocadura en el río Marañón[1]
En efecto, el aluvión afectó todas las partes
bajas del valle del Puchka. De ahí que
informes de la época indican que los corrales de alfalfa de las jurisdicciones
de los distritos de Uco, Huachaci y Llamellín fueron
“barridos por la negra corriente”, dejando sin alimento al “ganado vacuno de
ceba que se exporta”.
El impacto del aluvión fue mayor porque sepultó el castillo de Chavín, como se le conocía
entonces, y arrasó con todas las piezas arqueológicas que había hallado el
arqueólogo Julio C. Tello. Algunas de esas piezas fueron encontradas en el río
Puchca, pero no fueron devueltas a su lugar de origen. Se quedaron en poder de
sus “nuevos propietarios”.
A raíz de esta catástrofe, los expertos de la
Sociedad Nacional de Ingenieros, recomendaron al gobierno de Manuel Prado Ugarteche a emprender una
serie de soluciones no solo en CHAVÍN y SAN MARCOS, sino también en las poblaciones
asentadas en el valle del Puchca. Para
este sector, recomendaron iniciar una campaña frutícola ―“en donde se
produce en abundancia naranjas, higos, paltas, chirimoyas de primera calidad”—
para no afectar la economía de los pobladores. Asimismo, indicaron que no se
debía descuidar la industria de la extracción de la chancaca y el alcohol, que,
al parecer, era muy dinámica en ese tiempo.
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[1] Vargas
García, Víctor (1945), La Catástrofe de Chavín, Informaciones y Memorias de la Sociedad
de Ingenieros del Perú, 17 febrero de 1945.
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